Iván Pagnussat en su exposición el 16 de Mayo de 2008
La vida del artista nunca ha sido fácil. Son de sobra conocidas las condiciones en las que murió Vincent van Gogh, uno de los genios universales de la pintura. Y desde entonces las cosas tampoco han cambiado mucho. Muchas veces me ha dicho mi padre, pintor también, que no hay más difícil arte que el de vivir del arte.
Pero no estamos aquí para hablar de Vincent van Gogh ni de mi padre. Estamos para hablar de Iván Pagnussat. Él es un artista plástico que, como otros muchos, busca hacerse su sitio en el mundo de la pintura a golpe de talento y sensibilidad. Para ello, además de una larga carrera de formación en diversas artes plásticas, ha de preparar con continuidad exposiciones de su obra para ir medrando en tan proceloso ámbito.
La sorpresa que suscita descubrir la geisha de la bahía de Tokio
Su última exposición se inauguró ayer en la sala K-Pintas de la calle Palomar, en el barrio de la Magdalena de Zaragoza. En ella se pueden encontrar las últimas creaciones al óleo del autor. En ellas Iván Pagnussat ha derramado el universo personal que le supone al autor su entorno de trabajo como podemos observar en la siguiente fotografía:
Los asistentes observan con detenimiento la obra del autor zaragozano
La colección también abre una ventana a los paisajes del prepirineo oscense. Las obras irradian los escenarios del campo de Huesca donde los campesinos, las casas o los pájaros toman el protagonismo en las composiciones. Ciertamente uno tarda poco tiempo en sorprenderse ante lo evidente (algo muy aragonés) tras ponerse delante de alguno de estos cuadros: “¡Aiba, esto es Aragón!”.
Este tipo de exposiciónes son el principal arma que tienen los artistas para darse a conocer. Primero en pequeños locales, luego en salas conocidas entre la bohemme y finalmente dar el salto a las grandes galerías. Un proceso infinitamente más complicado que el que se puede expresar en apenas tres líneas. No obstante aquí tenemos un firme candidato a ello.


























