Cuaderno de la alimaña

Aviso Para Navegantes

Esto pretendía ser una especie de bitácora diaria sobre la etapa española de la Ruta Quetzal BBVA. Pero el estar maravillosamente perdido en el medio de la nada lo ha hecho harto imposible. Por ello desconozco la cadencia con la que publicaré, de todas maneras, como buena alimaña, me surgen otras prioridades.

Burguesito

Veintiún días me ha costado volver a casa, veintitres empezar a escribir algo. Tiempo suficiente para que al leer el aviso que precede me entre una media carcajada de condolencia al ver el nerviosismo que emanan esas líneas por alterar las estrucuturas periodísticas que algún día leí en algún manual. Que gracia, que ignorante, que tontería.

Lo mejor es comenzar por el principio. La mañana del 8 de junio me apeaba del AVE procedente de la baturra Zaragoza en la madrileña estación de Atocha. La estampa se había repetido hasta la saciedad: joven ruralita baja en la capital ronroneando la idea “Estoy en Madrid, estoy en Madrid, ¡Madrid!”. Inequívoco síntoma del entusiasmo que provoca el desconocer lo que te va a deparar el futuro inmediato.

Ese día se puede describir con una banda sonora visitando plaza a plaza los lugares cuyos nombres me sonaban de oidas. La verdad que tuve dos anfitrionas de excepción con las que pude ver el ground y el underground de la ciudad. Las calles, la gente, Luces de Bohemia, un organillo que punteaba la internacional, todo me flipaba. Nunca como entonces me sentí la-ciudad-no-es-para-mi.

Todo el subidón del día pasó factura por la noche. Ciertamente el transcurrir del día escondía momentos de entusiasmo incontenible ante lo que se iba revelando delante de mis ojos, seguidos de miedo ante el abismo que se generaba al pensar “¿Y ahora, qué?”.  Pronto comprobaría que no me aguardaba otra cosa que la mayor aventura de mi vida.

LLegó la hora de la verdad, me incorporé al grupo de periodistas en la imponente sede del BBVA. Un microbús me esperaba para llevarme a Cuenca. Antes de dejar Madrid fuimos al aeropuerto de Barajas para juntarnos con la ruta que en esos momentos desmbarcaba desde América. Allí fue cuando empezé a tomar realmente la medida a la expedición a la que me iba a unir.

En esa parada pude ver en primera persona a los ruteros. Una marabunta de chavales vestidos de exploradores que parecían venir de encontrar las minas de Rey Salomón. Sin embargo en ese momento tuve la sensación que algo no concordaba. En ellos se veía un hedonismo vacío de concupiscencia. Ganas de vivir y de disfrutar cada segundo, como cualquier chaval de esa edad (y que nadie se haga ahora el felíz pensando que se busca serlo a cada paso que da, no, hay cosas que solo se saben disfrutar siendo un adolescente), pero que el objeto de su disfrute no fuera algo gratuito, a diferencia de lo que se supone a un chaval de esa edad. Sin embargo aun no estaba preparado para entender ese fenómeno.

El día siguiente se caracterizó por pegarmelo al completo cavilando estructuras y enfoque para el reportaje que iba a escribir. “Determinar el grado de inmersión de la primera persona en relación al grado de intensidad testimonial que den la ciscunstancias”, “mantener un equilibrio entre la información contextual y las vivencias concretas que se generen”, “establecer las secuencias en razón a los cambios pseudoesenciales de la expedición (geográfico, académico, urbano/rural…)”. Todo grandes directrices para la correcta elaboración de un reportaje, buenos consejos escritos en manuales de periodismo, guías, dogmas, e incluso, majaderías.

De ese día ni me faltan fotos ni apuntes, sin embargo en la libreta un apartado seguía vacío. Podríamos llamarlo “Ruta”. Esto se debía a que sabía lo que hacían pero no quienes eran. No tenía caras ni nombres, no tenía las voces de los protagonstas, no podía indagar en ellos, no podía comprender aquella intuición del aeropuerto, no tenía las particularidades de la holística del todo, en definitiva no tenía empatía. Era sencillamente un periodista en medio de una expedición.

En las jornadas de expedición que procedieron en las sierras de Albacete se produjo una necesaria inflexión. Se dejaba a un lado la faceta “ilustrativa” de la ruta (entonces me gustaba llamarlo así) y se metía de lleno en la aventura.

4 comentarios

  1. Hola, soy Amaia, la monitora en prácticas por España!
    He entrado hoy a ver tu blog, y por lo que veo ya has comenzado a escribir, eh? Seguiré tus comentarios a ver qué cuentas!
    Un saludo!

  2. Maño! poco has escrito de la ruta…poco jaja
    nada, me aburría y como me dejaste esta direc, pues ala.
    todo bien? espero que sí! yo por aqui decidiendo si ir a Barraca o Puzzle (que noooo)
    y nada, a ver si nos vemos pronto!
    un besazo de la Valencianica!
    nos vemos!

  3. Hola!! Ya he visto que ha salido el número especial de Leer sobre la Ruta, así que habrá que leerlo, porque si esperamos a que acabes de escrbir en el blog, nos dan las uvas ¡pero del año que viene!, jeje.
    Un saludo!!
    amaia_croft@ yahoo.es

  4. Hola Amaia¡¡¡¡

    A ver si me hago con uno que también tengo muchas ganase de leerlo. El post prometo terminarlo y terminarlo bien, por eso me estoy dilatando tanto. Por eso después de ESTAS uvas lo retomaré y cumpliré lo que dije, además me sigue apeteciendo un montón.

    Bueno, gracias por acordarte de mi¡¡ un abrazo¡¡


RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack

Deja un comentario