Este artículo pretende ser una revisión del anterior, y si bien poco hablaré sobre la televisión inevitablemente esta gozará de ubicuidad; como siempre.
No puedo evitar esbozar una medio sonrisa cuando leo el artículo que precede. Cuanto idealismo y cuantas buenas inteciones se desbordan por esas líneas. Escribí ese artículo cuando comencé mis estudios universitarios. Que bonito se pintaba todo entonces, que vigorosidad daba empezar el camino hacia el 4º poder. Palabras como pluralidad, compromiso o defensa llenaban lo suficiente como para emprender el “viaje a Ítaca” de la licenciatura periodística. Un tiempo en el que mirabas a la tele y te sentías parte de ello, aunque solo fuera la última pieza de una holística perfecta.
Si bien los contenidos de entonces o la forma de hacer televisión (sobre todo en máxima audiencia) eran los objetivos de mis críticas; veía en estas la solución en si mismas al problema. Como el primo mayor que recibe una lección de sencillez y humildad desde la mirada límpia e ingenua de su primo pequeño. Pero los medios no son el escenario de dos niños jugando y corretenado por un prado de una despejada tarde de verano en la que el cesped es tierno en su verdor y refrescante con sus gotas de rocio.
No, es un laboratorio lleno de sierras y cuchillos en el que el primo mayor no dudará en despedazar a su primo pequeño si algunos de sus miembros le sirven y el resto le sobran. Todos los días son de un otoño cerrado, para que los fuertes agonizen con la esperanza de las últimas hojas y la ética desarraigue hasta generar esquizofrenia. Te elevas entre la bajeza y te das cuenta que aunque estes por encima, siempre estarás ahí solo. O bajas o desaparces de la vista. Ya dijo Niestzche que “el sabio ha de tener su vergel aislado por barrotes de oro”.
Durante el lustro interarticular (toma palabra que me acabo de inventar) he podido conocer a muchos periodistas y he podido comprobar como la mayoría de profesionales con los que me he encontrado chorrean nobleza. Poseedores de más maduradas y mejores ideas que las mías, gente de la que aprender; gente que es el facto de lo casi imposble que es realizar una mínima parte de las alegres críticas de un universitario.
Entonces: si yo soy tan maravilloso, si los compañeros son aun más maravillosos, qué falla para que la dinámica de las parrillas televisivas ylas ofertas mediáticas no hayan superado ni uno de sus vicios cinco años. Gran Hermano sigue existiendo, se multiplican los realitys, los petardos famosillos… El multimegaboradcasting impera en todos los órdenes periodísitcos. Tu trabajo será respetado si funciona, serás alguién si funcionas; al margen queda el sentido de tus palabras y el compromiso de tu trabajo. Si funciona, bien; si no, mal; al margen de como seas, al margen de como hayas hecho tu trabajo.
Pero a quién estamos pagando semejante tasa existencial, ¿a nuestro alter ego “el público”?, no (aunque algo tiene que ver); a la mano que da de comer, a la empresa. Somos obreros, abejas en el panal llevando miel y hiel ahí donde se nos manda, siempre al servicio y necesidad de la Reina. Generalmente a la Reina no le gusta demasiado el “buen periodismo” del que hablaba Kapucinsky. El periosdismo comprometido resulta demasiado denso para el gran público que gusta de contenidos más… superficiales. De esta manera el buen periodismo queda vetado para el gran público, y el gran público contento porque tiene lo que quiere. Aliados estos dos agentes, los periodistas cada día tenemos menos peso en el periodismo.
Somos la primera generación eminentemente felíz. Con las necesidades cubiertas y con el único objetivo vital de alcanzar nuestros sueños. Despreocupados, inconscentes y potenciales. Armados con el buen humor pero sucumbidos a la tranquilidad, solo en la incomodez aparece el genio. A nuestra generación de periodistas nos toca voltear la situación, pero no dentro de un sistema inamovible, fuera de él. Volver a una nueva era de grandes reportajes, puñetazos directos a las visceras de tan pusilánime auditorio. Periodismo de autor y no de cabecera, lograr la “nuestraidad” en todos los géneros periodísticos, y nuestro gran aliado, internet.
Ahora solo queda irse a Nepal.




































